EL ARTE DE LA FELICIDAD

by

EL ARTE DE LA FELICIDAD

Dr. Alfonso Ropero Berzosa


Hay una apetencia universal que iguala a todos los seres humanos por igual, hombres y mujeres, jóvenes y ancianos: el deseo de ser feliz, la aspiración a la huidiza felicidad.

Casi creemos que tenemos derecho a ella y nos sentimos muy tristes y deprimidos cuando se nos niega. Pero la experiencia nos ha enseñado que la felicidad no es fácil de conseguir, parece más una ilusión que una realidad. A veces esto nos conduce a pensar que la felicidad es imposible y que es mejor no pensar en ella. Aun con todo se escriben muchos libros que pretenden mostrar el camino para alcanzar ese bien o ese estado de complicada definición.

La búsqueda la felicidad está en la base de la reflexión filosófica, presente en la literatura universal y es la preocupación básica de humanista y psicólogos. Sea que se alcance o no, la felicidad es siempre el motivo que estimula la actividad humana, que decide la ruta vital que cada emprende, en el estudio, en el trabajo, en las relaciones humanas, como si al final de la misma se encontrase la anhelada felicidad, el descanso, el gozo, el encuentro con uno mismo. 

Elegimos qué asignatura estudiar —cuando nos dejan o podemos—, qué clase de trabajo al que entregarnos de por vida en la medida que creemos que nos puede reportar más o menos felicidad. Aunque no es común asociar estudio y trabajo, que son tareas arduas, a la felicidad, lo cierto es que van unidos en calidad de medios para conseguir. Siguiendo cada cual su vocación y sus inclinaciones innatas todos tendemos a dedicarnos a aquello que pensamos que puede ser motivo  de gusto y placer y, en última instancia, de felicidad.

Como la felicidad no es un producto definido, cada cual la busca a su manera, y a su manera acierta o fracasa en esta empresa.

La mayoría de la gente quiere ser rica, amasar una fortuna, no por amor al dinero en sí mismo —excepto los avaros—, sino por las posibilidades que el dinero tiene de conseguir o comprar la felicidad con la que se sueña. Es el anhelo de felicidad lo que lleva a muchos e emprender negocios que los haga ricos y poderosos y, por ende, felices, respetados, agasajados. Pero en la realidad esto no funciona así de simple. Es cierto que la pobreza y la miseria llevan aparejados muchos males y contratiempos, en cuanto a la salud y posibilidades de mejora económica y social. El pobre es, además, sujeto de todo tipo de atropellos y abusos. Por eso hay que salir de esa condición como sea. Pero este como sea no es, no debe ser, ajeno a consideraciones de carácter moral.

Vivimos en un universo ético. Esto significa que nuestros actos tendrán unos u otros resultados dependiendo su contenido moral. Los contenidos éticos de nuestras acciones y actitudes deciden el logro de nuestra felicidad o desdicha. La ética no es ajena a nuestro mundo; no se ve, no se percibe en el aire, no aparece en los escaparates, pero es el juez que nunca descansa, que nada se le pasa por alto, y que aparece en todos los recodos del camino de nuestra existencia.

Ni los poderosos, ni los más ricos, ni los más famosos, pueden nada contra ella. Y eso que el poder es y sigue siendo la meta más codiciada por los miembros más ambiciosos de nuestra especie. Quien se alza con el poder, tiene influencias, adquiere riquezas, se hace acreedor a privilegios vedados a la mayoría de los mortales. Pero, repetimos, vivimos en un universo ético, indiferente a los manejos del poder, insobornable a la presión o las prebendas. Por eso vemos que ellos también tienen que pagar un alto precio por todo aquello que obedeció a consideraciones éticas.

Según la visión ética del Nuevo Testamento, la “raíz de todos los males es el amor al dinero, el cual codiciando algunos, se extraviaron de la fe, y se traspasaron a sí mismos con muchos dolores” (1 Timoteo 6:10). Esto no se dice porque haya algo malo intrínseco en el dinero, sino en aquel que lo persigue de un modo nada virtuoso, como es la codicia.

Poco antes de la última crisis del llamado primer mundo, Lloyd Blankfein, presidente de la banca Goldman Sachs, era saludado como “el banquero más poderoso del mundo”. En ese tiempo, Blankfein se atrevió a afirmar que su institución estaba realizando la “obra de Dios”. Se aseguró que hizo este comentario en broma, pero ha pasado a representar la arrogancia que emanaba de Wall Street, icono del sector financiero mundial. Poco después, Goldmans Sachs colapsó, sumiendo en la ruina a millones de norteamericanos, que veían cómo perdían irremediablemente sus viviendas, sus trabajos, sus ahorros. ¿Puede haber una desgracia más grande, una infelicidad mayor? Algunos responsables fueron encarcelados, otros se suicidaron.

¿Qué había fallado? La ética, así de sencillo y de tremendo.  El banco, dijo Carl Levin, presidente del subcomité senatorial, “vio a sus clientes como un instrumento de su propio beneficio”. Por su parte, John McCain, senador y ex candidato republicano a la presidencia del país, lo resumió así. “No sé si hicieron algo ilegal, pero lo cierto es que su comportamiento no fue ético”[1]

Cuando se saltan las leyes éticas, la dicha de unos significa la desdicha de muchos, y, finalmente, la desgracia del mismo que la causa. Quien daña, se daña. El que a espada mata, a espada a espada muere. Al final, todos perdemos, culpables e inocentes, si es que hay alguien inocente. Nuestro planeta agoniza cada día un poco más debido a la codicia de los grandes empresarios que están provocado la destrucción del medio ambiente, hipotecando el futuro de la tierra, causando la extinción de las especies.

La codicia de los financieros, para quienes, sin problemas de conciencia afirman que business is business, acarrea la desgracia de millones de campesinos, obligados a abandonar sus medios tradicionales de vida y pasar a formar parte del lumpen de las megalópolis. Condena al hambre a millones de personas. Favorece guerras e inseguridad ciudadana.

La ceguera ética de los poderosos y de los políticos está creando millones de desplazados y grandes bolsas de pobreza con unos cuantos islotes privilegiados resguardados por muros y vallas, custodiados con guardias de seguridad privada. ¡Qué ceguera! Se invierte en los síntomas y no en las causas.

Así no solo es imposible alcanzar la felicidad humana, sino que ni siquiera se puede vivir con un mínimo de dignidad. Ni son felices unos, siempre con miedo a un levantamiento que haga saltar por los aires todo el sistema, ni otros, hundiéndose cada día más en la desilusión y la desesperanza.

La felicidad está con los que cuentan con los demás. Es un hecho comprobado que uno es feliz cuando hace felices a los demás. No sólo somos individuos de una especie, sino personas sociales en relación que se realizan en la interacción unos con otros. De nuevo, según la enseñanza cristiana, esa relación debe conducirse bajo los principios éticos del amor. No es fácil, primero porque los seres humanos somos muy complicados y dañinos, y segundo, porque desde la infancia somos enseñados a buscar nuestros propios intereses, aunque sea a costa de los demás. Todos estamos desesperadamente necesitados del amor, pero no incursionamos en ese camino porque nos da miedo, miedo a ser decepcionados, miedo a ser utilizados, miedo a no ser comprendidos. Así que, aunque lo necesitamos, desconfiamos del amor y no estamos dispuestos a abrirnos al mismo, a dejarnos guiar por él.

El apóstol Pablo tenía claro que el amor es el camino más excelente en las relaciones humanas, y, sin duda alguna, la garantía de la felicidad.  El amor, dice, “es sufrido, es benigno; el amor no tiene envidia, el amor no es jactancioso, no se envanece; no hace nada indebido, no busca lo suyo, no se irrita, no guarda rencor; no se goza de la injusticia, mas se goza de la verdad. Todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta” (1 Corintios 13:4-7).

La falta de amor es falta de humanidad, y eso atenta directamente contra nosotros mismos. No es un camino fácil, pero es el más rentable en términos de calidad humana. Es lo que nos hace divinos. Decía el poeta, no amamos suficientemente al hombre. “Hay que ser generosos, / los demás están solos, / necesitan
que alguien se ocupe de ellos /
porque el amor más mínimo les falta;
/ amamos poco al hombre” (Eladio Cabañero).

Sabemos que las pasiones y sentimientos tan negativos como la envidia, la ira, el egoísmo, el rencor, nos dañan directamente al interrumpir o malograr las relaciones sociales. Si uno va sembrando vientos, cosechará tormentas. Relaciones basadas en la desconfianza mutua, en la lucha y la competencia son una raíz de amargura que frustran cualquier tipo de vida feliz. Precisamente porque vivimos en un universo ético lo que se siembra se cosecha. Quien siembra males tarde o temprano tendrá una buena cosecha de males, y todo lo que haya acumulado no le servirá de nada.

Aunque solo sea por egoísmo uno debería ser bueno, seguir la senda del amor, practicar el bien. Rinde buenos frutos. Así lo afirma el apóstol Pablo: “No nos cansemos de hacer el bien, porque a su debido tiempo cosecharemos si no nos damos por vencidos” (Gálatas 6:9).

Si la amistad es uno de los ingredientes de la felicidad, que lo es, seamos buenos amigos en todos los órdenes de cosas. “El hombre que tiene amigos ha de mostrarse amigo; y hay amigo más unido que un hermano” (Proverbios 18:24). Lo que no podemos esperar es llevar una vida de egoísmo, aprovechándonos de los demás y aun así creer que un día lograremos tener buenos amigos, que consuelen nuestros días de soledad y nos echen una mano en momentos de dificultades y problemas. Lo que decimos sobre la amistad, igualmente es aplicable al resto de las relaciones personales, comerciales o políticas.

No podemos especular con las relaciones humanas. Hay que ser generosos. En compartir está la vida y la felicidad. El corazón del cristianismo es esencialmente un don compartido. El mensaje central del evangelio es la doctrina de la gracia, que no es otra cosa que Dios compartiendo su plenitud de vida con la vida de los hombres para que lleguen a ser uno con él en comunión de vida. El don más grande es la donación del mismísimo Hijo de Dios: “De tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que cree en él, no perezca, sino que tenga vida eterna” (Juan 3:16). Jesucristo se entiende a sí mismo, tanto en su enseñanza como en su vida y destino final en la cruz, como donación personal por la vida de los demás. “Nadie me la quita, sino que yo de mí mismo la pongo. Tengo poder para ponerla, y tengo poder para volverla a tomar” (Juan 10:18).

En ese mismo Evangelio de Juan, Jesús aparece refiriéndose a sí con una expresión que causó un gran escándalo en sus contemporáneos, hasta el punto que lo dejaron solo. Es aquella que dice: “El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna. Si no coméis la carne del Hijo del Hombre y bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros” (Juan 6:53-54). Es una afirmación ciertamente extraña y desconcertante, pero es una manera muy gráfica de decirnos que la vida consiste en compartir. Cristo comparte su vida con los demás, como quien comparte sus bienes en un banquete. Pero con un añadido. De Cristo no compartimos cosas o bienes que le pertenecen externamente, le compartimos a él mismo en persona —como si le devorásemos—, en toda su riqueza interior. Por eso el gran sacramento de la comunión cristiana es la Santa Cena, la celebración de aquella última cena pascual que Jesús compartió con sus discípulos poco antes de morir.  “Mientras comían, tomó Jesús el pan, y bendijo, y lo partió, y dio a sus discípulos, y dijo: Tomad, comed; esto es mi cuerpo. Y tomando la copa, y habiendo dado gracias, les dio, diciendo: Bebed de ella todos; porque esto es mi sangre del nuevo pacto, que por muchos es derramada para remisión de los pecados” (Mateo 26:26-28).

Aquello que pertenece al misterio de Dios, que es camino de vida eterna para la humanidad, no puede ser ajeno a la vida del ser humano, hombre y mujer, en la búsqueda de la felicidad y su realización personal.

Vivimos en una era del vacío, según el filósofo francés Gilles Lipovetsky, que rompe con lo instituido durante los dos últimos siglos. Se manifiesta en una nueva era de consumo que se extiende hasta la esfera de lo privado; el consumo de la propia existencia a través de la propagación de los mass media; el vivir aquí y ahora sin referencias a la transcendencia, lo cual no es síntoma de una mayor libertad y felicidad, sino de un pesimismo desencantado, que busca, de modo narcisista, la supervivencia del individuo[2]. Por ese camino la felicidad se vuelve imposible. Se celebra lo orgiástico y se lo confunde con lo feliz. Por eso el vacío pervive. La felicidad no hace acto de presencia en medio de la sociedad moderna pese a su creciente sofisticación. El arte de la felicidad no es un logro individualista, sino una manera de ser que tiene en cuenta la naturaleza ética de la vida y entiende que la felicidad es siempre felicidad compartida, comenzado por Dios y terminando por nuestros semejantes. Es un compartir la vida en comunión, primero con Dios, fundamento impelente de nuestro ser, y después con nuestro prójimo, aquel que nos devuelve el rostro enriquecido en comunión de vida, de yo a tú, de nosotros a vosotros.

La fe cristiana es una voz que llama a todos a realizar el reino de Dios en la tierra como reino de comunión, de identidad compartida, de amor solidario, de compasión humanizante, de justicia liberadora. La recompensa es la felicidad, la dicha de contribuir a aminorar el dolor en nuestro mundo torturado, de ser parte del plan divino para un mundo mejor.      

 

[1] www.elpais.com/articulo/opinion/Fichas/casino/elpepusocdgm/20100502elpdmgpan_8/Tes

[2] Gilles Lipovetsky, La era del vacío. Ensayos sobre el individualismo contemporáneo. Ed. Anagrama, Barcelona 1986.

Dr. Alfonso Ropero Berzosa

Director de Editorial Clie, Editorial Clie